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Comunidades indígenas protegen las turberas del abanico del río Pastaza en Perú

Las turberas del Pastaza, en Datem del Marañón, almacenan 1.700 toneladas de carbono por hectárea. Comunidades indígenas y científicos protegen este ecosistema, el tercer sistema de turberas tropicales más profundo del mundo, frente a la deforestación y el cambio climático.

Kietre Gonzales, miembro de la comunidad nativa Recreo, en un área de aguajal y turbera.
Kietre Gonzales, miembro de la comunidad nativa Recreo, en un área de aguajal y turbera. / Leslie Moreno Custodio / Mongabay

Perú conserva turberas clave contra el cambio climático

Las turberas del Pastaza almacenan 1.700 toneladas de carbono por hectárea en el suelo, 21 veces más que en la vegetación. Comunidades indígenas y científicos protegen este ecosistema en Datem del Marañón.

La riqueza oculta del abanico del Pastaza

En la provincia de Datem del Marañón, las turberas del abanico del río Pastaza constituyen el tercer sistema de turberas tropicales más profundo del mundo, con más de 8,1 metros. Este humedal, designado Sitio Ramsar en 2002, abarca más de 3,8 millones de hectáreas y alberga casi 300 especies de peces y 261 de aves. Las turberas cubren solo el 3% de la superficie terrestre, pero almacenan entre tres y cinco veces más CO₂ por hectárea que otros ecosistemas tropicales.

El papel del aguajal en la economía local

La comunidad nativa Recreo, del pueblo kichua, ha pasado de talar las palmeras de aguaje a escalarlas con arneses para cosechar el fruto. Cada temporada recogen una media de 80 sacos, con un ingreso de 40 soles (unos 12 dólares) por cada uno. “Ahora entendemos que no debemos talar los árboles del Amazonas”, afirma Kietre Gonzales, vicepresidente de la Asociación de Productores Amazónicos de Frutas de Recreo (ASPROFAR).

Amenazas y diversificación sostenible

La deforestación, la minería ilegal, las actividades petroleras y el cambio de uso del suelo presionan las turberas. En la comunidad Puerto Industrial, una planta procesadora de aguaje funciona con paneles solares obtenidos gracias al Fondo Verde del Clima (GCF). Producen 7.000 raciones de helado, 20 litros de aceite y 40 barras de jabón de aguaje por temporada. Llona Castillo, trabajadora de la planta, señala que “ahora ya no trabajamos talando las palmeras, las estamos cuidando”.

La pesca artesanal como alternativa

La comunidad San Fernando, del pueblo kandozi, depende de la pesca artesanal. Cuentan con una planta de hielo para conservar el pescado y transportarlo a mercados urbanos. Rider Gais, presidente de la Asociación de Pescadores Artesanales Kachizpani, denuncia la disminución de las poblaciones de peces por el aumento de temperaturas y la sedimentación de las lagunas.

Ciencia y políticas para la conservación

El Instituto de Investigaciones de la Amazonía Peruana (IIAP) y el Fondo de Promoción de las Áreas Naturales Protegidas del Perú (PROFONANPE) han desarrollado una metodología para medir las reservas de carbono en las turberas, que servirá de base para una política nacional de turberas gestionada por el Servicio Nacional Forestal y de Fauna Silvestre (SERFOR). “Comprender cuánto carbono se almacena ayuda a entender mejor la mitigación del cambio climático”, explica Gabriel Hidalgo, investigador del IIAP.

El futuro de un ecosistema frágil

Un estudio reciente en la revista Geophysical Research Letters muestra que las turberas de Quistococha han perdido su capacidad de capturar CO₂ debido a variaciones climáticas. El estudio, que dirige el IIAP y la Universidad de Misuri, advierte que “un ecosistema sin perturbaciones humanas pierde su función ecológica solo por el cambio climático”. Aoife Bennet, ecóloga política de la Universidad de Oxford, concluye que estas turberas son “como tener la octava maravilla del mundo”.

Implicaciones de la gestión del carbono

Sin políticas coordinadas entre niveles de gobierno para la conservación y el uso sostenible, los esfuerzos de científicos y comunidades indígenas podrían ser en vano. Las turberas degradadas se convierten en fuentes de emisiones de CO₂ y metano, según Gabriel Hidalgo. La reserva de carbono almacenada en estos suelos orgánicos, si se libera, afectaría los patrones climáticos regionales y globales.

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