Ballenas del Atlántico Norte se recuperan tras décadas de protección en Canadá
La población de ballenas nariz de botella del Atlántico Norte en el Cañón del Gully (Canadá) ha aumentado de 130 a 210 ejemplares desde 2004, según un estudio de 35 años. Este crecimiento se atribuye a la creación de un Área Marina Protegida que limitó actividades dañinas.
La población de ballenas del Cañón del Gully crece un 60% tras su protección
La población de ballenas nariz de botella del Atlántico Norte en el Cañón del Gully (Canadá) ha aumentado de 130 a 210 ejemplares desde 2004. Este crecimiento se atribuye a la creación de un Área Marina Protegida (AMP) que prohibió actividades dañinas. El estudio, publicado en ‘Journal of Applied Ecology’, analiza 35 años de datos.
Un refugio en las profundidades
La población del Scotian Shelf vive todo el año en el Cañón del Gully, una zona frente a Nueva Escocia. Este hábitat, protegido como AMP desde 2004, es crucial para su alimentación y supervivencia. La investigación dirigida por Hal Whitehead de la Universidad de Dalhousie muestra que la actividad pesquera y el tráfico de embarcaciones disminuyeron en el núcleo del área protegida.
De la caza a la conservación
Estas ballenas fueron blanco fácil para la caza comercial hasta su prohibición en Canadá en 1972. Su comportamiento curioso las hacía vulnerables. El seguimiento sistemático comenzó en 1988, registrando un mínimo de 130 individuos a mediados de la década de 2000. La designación del AMP fue clave para revertir la tendencia.
Antecedentes: Un declive histórico
Las poblaciones de ballena nariz de botella del Atlántico Norte colapsaron históricamente por la caza comercial. A pesar de las protecciones globales, su recuperación ha sido lenta debido a bajas tasas reproductivas y amenazas como colisiones con barcos y enredos en artes de pesca.
Cierre: Un éxito limitado y el desafío migratorio
El caso del Gully es un éxito de conservación demostrado, pero no es un modelo aplicable a todas las especies. Para mamíferos marinos migratorios, se requeriría una red de áreas protegidas que cubra sus rutas, según señalan los científicos. La protección efectiva depende del conocimiento específico de cada especie y sus amenazas.